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La
Ceiba de Lionso
Como recordamos y añoramos
esas tardes llenas de tranquilidad, cuando
Manuel H. Zabaleta, Martín Rodríguez, Alberto
Montes, Esteban Ardila, Estebana Rocha,
Emmanuel Avendaño, Felipe Polo, Hernando
Jiménez y muchos otros, se sentaban en las
puertas de sus casas en su taburete de cuero, a
las seis de la tarde con sus musengues en mano,
listos a combatir los mosquitos que a esa hora
salen a azotar la población. Las luminarias en
los frentes de las casas (lámparas de petróleo),
que algunos muchachos traviesos como Chico Polo,
Remberto Méndez, Antonio de la Puente y otras
“galladas”, esperaban que el dueño de la casa se
descuidara para apagársela y salir corriendo en
desbandada.
Las noches en que los
novios y ociosos esperaban y aprovechaban para
sentarse en el prado de la plaza principal del
pueblo, después que pasara la mosquitera, a
platicar, hacer chistes, comentar aventuras y
chismes del día; a observar las noches
estrelladas, especialmente en épocas de Navidad,
en donde además, se veían los aviones con sus
luces titilantes, que muchas veces eran
confundidos con las estrellas y se discutía que
éstas se movían o andaban; el sitio en donde
muchos pobladores a excepción de unos pocos
tenían la oportunidad de ver y conocer un avión,
así fuese en la distancia. Hoy en día estas
travesuras y pláticas casi no se pueden
realizar.
Ya casi no
se juega el ponche, ni el cogío en el río, la
Lleva ni la Libertad por las noches, no se
juega el quiñe con el trompo, la cuarta, ni la
bolita de uñita a plata o botón en la Ceiba de
Lionso, no se hacen las travesuras en los
Pintacanillas, Pimientillos, Campanos y
Guacharacales, no se juega en los Cañandongos ni
en los palos de maíz tostao, no se pesca con
anzuelo en el Pozón; Ya no se juega el Cachumbé,
la Penca y la Puya en los velorios de niños; se
acabó el Juicio en la Semana Santa; no suena la
recámara los Domingos de Resucitado, no se
escucha el golpe del Pilón por las madrugadas,
ni se ven las mujeres cargando agua en las
mucuras. No se ven en los trascorrales, las
hermosas colchas multicolores, hechas por
nuestras abuelas, para adornar sus camas. Ya no
amanece Flavio Vásquez, tocando su acordeón en
las calles, al lado de Elías Zabaleta, cantando
“La bebida fina” o interpretando “El roba
Gallinas”, de Buenaventura Villarreal. Son
costumbres perdidas, que vale la pena recordar y
tratar de rescatarlas, en nuestra historia
abierta*.
Bellos
tiempos idos.
JOSÉ LUÍS FLOREZ MOLINA
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