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La
tradición oral, coloca y enmarca a nuestra
población, dentro de una época en que
convivieron con el mundo de las Brujas.
En
recientes historias, se comenta que un Aquelarre, que no ha dejado de
ser apasionante escuchar su accionar, considerado como perturbador de la
tranquilidad de generaciones anteriores y que cubre los más recientes
años del siglo veinte.
La tradición oral
manifiesta, que las legiones de brujas, dirigidas por Susana Hernández
Méndez, a quien consideraban como la jefe y maestra de la brujería,
provocaban falsas tormentas; Los trastos flotaban en los patios, las
bacinillas rodaban y pegaban contra la pared, las gallinas mojadas y
espantadas se guarecían en los palos de totumos, el gallo cantaba, el
perro aullaba, el gato maullaba, el burro rebuznaba dando la hora. El
ambiente era de una humedad espesa y tétrica.
Antes de que el gallo
cantara a las 12 de la noche, la primera bruja volaba y silbaba encima
de los techos de palma de las casas. El pueblo se encontraba sumido en
medio de la oscuridad y el barro ficticio; había una soledad y
recónditos sudores pringados de lujurias. Las brujas daban vueltas en el
aire de la plaza; a los trece minutos silbaba la otra y cada tres
minutos silbaba otra y otra y otra, hasta reunirse trece brujas.
Entonces iniciaban el Aquelarre, emprendiendo el vuelo en conjunto,
hacia un pequeño cerro ubicado frente al cementerio local, dejando a un
lado los mochos de escobas que les servían de impulsores para levantar
su vuelo.
Nos contaban Victor
Villarreal, Segundo Caro y Bernardino Jaraba, que las mujeres que
practicaban estas fechorías, generaban el pánico y temor de muchos
habitantes, ya que tenían la capacidad de convertirse en cualquier
objeto o animal y emitían todo tipo de ruidos o sonidos.
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